viernes, 1 de abril de 2011

La integralidad de la ética

Hasta ahora había compartido un paradigma entorno a la ética en relación con la moral; pensaba que aunque eran muy parecidas, la moral se asociaba más con el comportamiento prejuicioso o mal visto promovido desde la religión occidental. Con frecuencia tenía dificultad para diferenciar la una de la otra, pero me di cuenta que no son separables por el uso radical que le hayan dado a la conceptualización de estas palabras. Si bien la definición de la moral o el comportamiento de lo moral ha sido muy debatido, se ha referido principalmente a las acciones de bien, entendidas en el marco del respeto humano; lo que pasa es que nuestra tendencia a señalar a los otros han hecho que esta idea parezca un poco repulsiva, pero el término en sí se le puede adjudicar a la conciencia y apreciación universal del bien. En este sentido, la ética se presenta como el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana, para definirlo en otras palabras sería, las acciones que nos llevan a hacernos el bien para convivir con respeto.

La palabra ética ha sido un concepto muy discutido en diferentes escenarios, porque se ha condicionado la idea de lo correcto a una noción relativizada al contexto socio-cultural o a situaciones de dilemas muy específicos. Han sido tantas las discusiones alrededor de lo que es correcto o no que la misma noción ha sido sectorizada; se habla de ética empresarial, profesional, personal y así podemos ponerle ética a cada sector para especializar o especificar dicha palabra según el escenario (todavía no he oído hablar de ética familiar o amistosa, pero supongo que podría haber).

Escuchar a Jhon Maxwell, me llevo a reafirmar que sin importar el segundo nombre o apellido que se le ponga a la ética, es la misma siempre, es una sola integridad, no muchas porque sino no podría ser íntegra. Me explico, la ética ha sido tergiversada en pensar que si está bien para mí o un colectivo, no importa lo que se haga, es decir, el fin justifica los medios. Pero las acciones correctas no necesitan ser justificadas, ni tampoco relativizadas, porque dichas acciones hablan por sí solas, pues el resultado de estas siempre traerá beneficios colectivos e individuales. Tal vez, lo complicado sea pensar en qué, cuáles o cómo son esas acciones correctas, pues es más simple de lo que creemos, de ahí a que sea sencillo de realizar depende de cada persona. Consiste en la responsabilidad suprema de cada ser, en la más preciada regla de convivencia que abarca todas las demás que puedan existir y que ha sido proclamada por las diferentes religiones del mundo: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Si tenemos la claridad sobre estos fundamentos, sabremos cómo actuar correctamente. Para ello, empecemos primero a ser honestos con nosotros mismos, para que podamos serlo con los demás…los frutos están a la espera de ser cosechados.

DMGR

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